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CIDADES, Comunidades e Territórios

versão On-line ISSN 2182-3030

CIDADES  no.34 Lisboa jun. 2017

https://doi.org/10.15847/citiescommunitiesterritories.jun2017.034.art07 

ARTIGO ORIGINAL

 

“Hay otro mundo y está dentro de éste”1. Ciudades y pertenencia en el movimiento de los focolares

"There is another world and it is within this one." Cities and belonging in the focolares movement

Agustina Adela ZarosII

[II]Dra. en Ciencias Sociales (UNIPD). Becaria postdoctoral Centro de Estudios e Investigaciones Laborales - CONICET, Argentina. e-mail: azaros@ceil-conicet.gov.ar.




RESUMEN

El texto indaga las formas de producción de sentido, la expansión geográfica y la continuidad del Movimiento de los Focolares, principalmente en Argentina e Italia. Se centra en dos ciudades del grupo religioso que pueden pensarse como articulación entre la estructura y organización del movimiento eclesial y al mismo tiempo como lugares de proyección utópica en la búsqueda de la santidad. La perspectiva analítica entiende a la familia y a la comunidad como principales agentes de socialización religiosa y a la participación efectiva de las actividades propuestas por el grupo como reconocimiento de pertenencia. La metodologia utilizada fue cualitativa a través de un trabajo etnográfico con estancias en las “ciudadelas” analizadas y entrevistas en profundidad a miembros activos del movimiento. Los principales resultados reflexionan sobre nuevas geografías de sentido atravesadas por lo religioso que mantiene un enfoque holístico para sus miembros.

Palabras clave: movimientos eclesiales, territorio, religión.


ABSTRACT

The text investigates the forms of production of meaning, geographical expansion and continuity of the Focolares Movement, mainly in Argentina and Italy. It focuses on two cities of the religious group that can be thought of as an articulation between the structure and organization of the ecclesial movement and at the same time as places of utopian projection in the pursuit of holiness. The analytical perspective understands the family and the community as main agents of religious socialization and to the effective participation of the activities proposed by the group as recognition of belonging. A qualitative methodology was used, through ethnographic work based on stays in the analyzed "citadels" and on in-depth interviews with active members of the movement. The main results reflect on new geographies of meaning crossed by the religious that maintains a holistic approach to its members.

Keywords: Ecclesial movements, territory, religion.


 

Introducción

Este texto surge de una investigación de maestría que indaga la continuidad del movimiento eclesial de los Focolares, la socialización religiosa al interior de la familia y el trabajo de construcción de una tradición que posibilita la identificación con comunidades de pertenencia más amplias a la local.

Este artículo se focaliza en las características y organización de dos ciudades focolares estudiadas y reflexiona sobre las categorías de territorio, pertenencia y comunidad imaginada (Anderson, 1991).

La metodología utilizada para esta investigación fueron observaciones participantes (Ameigeiras, 2006) en dos ciudades, en adelante “ciudadelas”, del movimiento (una en Argentina y una en Italia) que permitió explorar la dimensión comunitaria y transnacional y de participar de actividades como congresos, rituales y jornadas. Otra técnica utilizada fueron las entrevistas en profundidad (Vasilachis de Gialdino, 2006) con miembros del movimiento[3].

La hipótesis que plantea este trabajo cree que el grupo religioso aparece como constructor de significación para sus miembros y atraviesa sus vidas de forma integral. Al mismo tiempo, este grupo cambia y se adapta, se innova y se reinventa tanto en su estructura como en su organización en el tentativo de salvaguardar un cierto grado de lealtad a una lignée croyante (Hervieu Léger, 1993).

La perspectiva analítica entiende la religión como memoria y la pertenencia a una tradición y a un linaje como una de las posibles modalidades de la construcción postradicional de la identidad del yo (Hervieu Leger, 1993). La memoria, no solamente como transmisión de un capital simbólico sino un trabajo constante de identidad del grupo, de los límites de la fe, una continúa resignificación de los lenguajes y simbolismos de comunicación según el momento histórico y social.

Entre los resultados, la familia aparece como el principal agente de socialización religiosa (Solinas, 2010), los miembros entrevistados conocen el movimiento por sus familias y fueron socializados en ambientes católicos y grupos juveniles focolares.

Emerge una continuidad entre padres e hijos de una misma familia en la afiliación y participación del movimiento y el grupo genera pertenencia a través de sus relaciones personales y actividades comunitarias.

Entre los valores que el movimiento cultiva se destaca lo familiar entendido como proyecto del “diseño de Dios” y de esta manera se representa a la humanidad como una gran familia. Afirma su fundadora que “valores como la comunión, la solidaridad, el espíritu de servicio, la reciprocidad, que aparecen como “normales” en la convivencia familiar, podrían ser una novedad para las estructuras institucionales rígidas y puntos de referencia para un nuevo orden social”(Lubich, 1999).

El sistema de creencias de este movimiento eclesial actúa como guía para la estructuración de la vida de sus miembros y genera relaciones entre quienes son focolares, como se desarrolla a continuación. El texto está estructurado con una introducción sobre el surgimiento del movimiento eclesial, el desarrollo de las dos “ciudadelas” y las principales conclusiones que plantea la investigación.

 

El Movimiento de los Focolares

Con el fin de la segunda guerra mundial, Italia experimenta una fase de crecimiento económico y una aceleración del proceso de modernización. Los años cincuenta vieron una Iglesia fuerte con el papado de Pio XII, una religión vivida con rigurosa observancia, el aumento de las vocaciones religiosas y del asociacionismo católico. Dicha situación fue en parte la consecuencia de las acciones de varios sacerdotes y obispos que durante la guerra y en relación al fascismo, habían brindado ayuda humanitaria y de contención a las minorías en riesgo.

La Iglesia estaba representada políticamente a través del estado con la victoria electoral de la Democracia Cristiana en 1948 y a nivel cotidiano las parroquias eran el centro de la vida religiosa y cultural de la época; no sólo como el lugar de la enseñanza de la catequesis sino que constituían un lugar de agregación donde se organizaban encuentros y los primeros cine fórum (Guasco, 2001: 24).

En los años 60 inspirados por el Concilio Vaticano II se desarrollan en Europa diferentes movimientos eclesiales como nuevas formas de asociación al interior de la Iglesia católica (Soneira, 2007). Los orígenes de estos movimientos católicos constituyeron el tentativo de la Iglesia de responder en el plano social a la ofensiva política y cultural del liberalismo y del socialismo en Europa (Faggioli, 2008: 24).

El Movimiento de los Focolares es uno de ellos y en la actualidad está formado por más de 140 mil animadores [4]. Surgió en el norte de Italia en 1949, durante el período de posguerra, fundado por Chiara Lubich y se distingue por el “carisma de la unidad”. El movimiento fue reconocido por la Iglesia católica en 1990 y según fuentes del grupo, cuenta con aproximadamente 5 millones de seguidores en el mundo.

La fundadora de los focolares nació en 1920 en Trento, era maestra y en 1943 fue consagrada a la vida religiosa como laica por la Tercera orden de los franciscanos donde recibe el nombre de Chiara inspirada en la vida de Santa Clara de Asís[5].

Durante la guerra, Lubich junto a sus primeras seguidoras desarrollan un trabajo pastoral que se convertirá en los inicios de este movimiento, sumando entre sus adeptos primero a mujeres que también se consagran y viven en la misma casa y, más tarde los hombres (llamados focolarinos). Entre sus primeras prácticas se destaca la lectura del Evangelio en grupo “recordando a los primeros cristianos” con la finalidad de contención espiritual en medio de la situación de extrema pobreza y guerra por la que atravezaba Italia.

Para 1945 alrededor de 500 personas se reúnen en Trento para escuchar a Lubich contar sus “experiencias de comunión”, el testimonio de cómo el cristiano podía aplicar el “Nuevo Testamento” a su vida.

El Movimiento se desarrolló como un “nuevo modelo de Iglesia” (Soneira, 2007) cuenta con un centro administrativo en Roma, 11 escuelas de formación, 33 “ciudadelas” y está presente en 182 naciones. Los países están articulados en 90 zonas que son territorios que pueden incluir una nación o más y están coordinadas por un focolarino y una focolarina responsable de las actividades. A su vez, cada zona cuenta con diversas casas femeninas y masculinas comunicadas mediante una red de comunidades locales que se expanden por todo el territorio [6].

Históricamente el catolicismo constituyó un elemento en común de la población italiana, aún antes de la unificación del país y ha mantenido una presencia mono cultural incluso frente a las diferencias culturales. Enzo Pace define el contexto religioso italiano como caracterizado por una vivaz tradición católica, que reconoce la religión como patrimonio cultural compartido y a la Iglesia una función social en las diversas esferas de la vida de la nación (Pace, 2005).

La tradición católica aparece como el rasgo más sólido de continuidad entre las distintas componentes del país y, junto a la presencia institucional de la Iglesia, tienden a llamar una imagen de homogeneidad, al punto tal de proponerse como un verdadero y propio factor identitario, un elemento de uniformidad que sobrepasa el plano religioso para plasmar un habitus cultural más amplio que caracteriza al pueblo italiano, equilibrando la multiplicidad de los factores de división y contraposición, como las fracturas geográficas, políticas y económicas (Cartocci, 2011).

Los Focolares surgen al interior del catolicismo y son parte tanto de su variedad interna como de la Iglesia postconciliar. Desde sus orígenes mantienen una fluida relación con el Vaticano, especialmente entre su fundadora Chiara Lubich y Juan Pablo II y dan un lugar privilegiado al trabajo en el diálogo interreligioso.

En la actualidad, los focolares representan una minoría de activistas al interior de los católicos en Italia donde se realizó la investigación y participan de la vida de las parroquias, además de las reuniones específicas que los congregan [7].

El carisma de la “unidad” que lo caracteriza se desarrolla fundamentalmente en los vínculos entre las personas que son focolares y en la aplicación del Evangelio en la cotidianeidad como práctica para ser santo como laico. Vivir juntos en comunidad es su máxima expresión y es la finalidad de las ciudadelas que se desarrollará en el próximo apartado.

“El carisma es algo nuevo que nació y floreció en el seno de la Iglesia, en estrecha relación con la tradición pero también en la novedad de la comunión vivida, querida y propuesta que el carisma de la unidad aporta a la vida de la Iglesia y del mundo » (Abignente, 2010: 356).

Piero tenía 17 años cuando un joven seminarista le habló de una mujer en Trento y de “Dios amor”, uno de los conceptos que estructuran el Movimiento.

« Dios se volvió creíble, delante a la revelación que Dios es amor. Porque sabes que en ese tiempo, hace 60 años, todavía no había pasado el Concilio, amor era una palabra muy laica y caridad era una palabra muy técnica […] esto le reconozco a Chiara, el haberme abierto un proyecto de vida madura siguiendo a Dios » (Piero, italiano, 63 años, voluntario).

Piero es miembro activo del movimiento junto a su esposa, participan bajo la forma de “Familias” y “Voluntarios”. Las familias, personas individuales y religiosos que integran el movimiento están organizados en caminos denominados “vocaciones”[8]. Cada una de estas variantes implica procesos educativos de amplio alcance con una presencia en todos los momentos de la vida de sus miembros proponiendo una estructura de base por edades y actividades transversales que abarcan los espacios de sociabilidad de sus miembros. Si bien los entrevistados provienen de ambientes católicos, los primeros integrantes son personas que no fueron socializados en su interior desde la infancia como Piero y Giuseppe.

« Yo siempre seguí las enseñanzas religiosas de mi casa, pero cuando tuve mi verdadera conversión, mi verdadero nacimiento a la vida madura del cristiano fue entender que Dios es amor […] entonces es justo que asuma una centralidad en mi vida y que lo regule todo » (Piero, italiano, 63 años, voluntario).

« Fue un recorrido […] No es que fue un fúlmine encontrar el Movimiento de los Focolares, lo fué encontrar en su interior a personas que tenían una coherencia en base a un mensaje evangélico que antes no lograba encontrar, fue encontrar personas que se juntaron y declararon una voluntad recíproca de iniciar un recorrido que tenía una sustancia » (Giuseppe, italiano, 58 años, Familias nuevas).

Los entrevistados destacan el relato de “Dios amor” como característica de un nuevo discurso de la religiosidad que se inscribe en la tradición católica y el descubrimiento del grupo como el resultado de una búsqueda espiritual y el hallazgo de un grupo de personas en el mismo camino. La “conversión” implica un antes y un después como rito de pasaje a la “vida focolar”, el paso de pertenecer al grupo religioso se produce con diferentes grados de ritualización determinados en parte por la emocionalidad.

Las relaciones personales entre los miembros permanecen como el vínculo más simple, cotidiano y de mayor eficacia para las comunicaciones y el sentido de pertenencia hacia el grupo. Los próximos fragmentos describen como son las reuniones de dos “vocaciones”: Familias Nuevas y Voluntarios.

« Nos contamos nuestras experiencias, compartimos más allá de los aspectos espirituales, los aspectos prácticos y nos sostenemos mutuamente cuando lo necesitamos y nos ayudamos en todo punto de vista, tenemos naturalmente contacto con el focolar que es nuestro punto de referencia » (Ángela, italiana, 59 años, Familias nuevas).

« (...) lo lindo es que intercambiamos con las otras familias, cada uno trae su experiencia [...] este compartir del alma, de lo vivido, da fuerzas para decir, ahora no estamos solos [...] los cristianos quizás hacían esto al principio cuando se encontraban, al final hay necesidades que vistas bajo la luz del amor y de lo que te dice Chiara (Lubich) te dan la solución a tantas cosas » (Carolina, italiana, 42 años, Familias nuevas).

« La vida está impregnada del movimiento, del ideal, pero se vive, se trabaja...se bromea, se hacen las reuniones, se hacen vacaciones juntos, tenemos fotos, para nosotros todos son amigos pero éstos son más unidos, justamente, porque vivimos muchas cosas juntos » (Aldo, italiano, 70 años, Voluntario).

La interpretación de situaciones cotidianas adquiere un sentido focolar y es compartido con quienes son contemporáneos y forman parte del mismo grupo. La búsqueda de la santidad es con otros y los medios están dados por el movimiento. Es decir, “se llega a Dios” a través del camino de la “unión con otros”.

Una persona es focolar porque frecuenta y se reúne con otros focolares, es observante con las prácticas religiosas y porque participa de diferentes espacios de sociabilidad como propuestas deportivas, políticas y sociales que propone la comunidad focolar a nivel local, en las ciudadelas, en otras ciudades del país o del exterior. Las iniciativas locales de los grupos forman un todo con las iniciativas nacionales como los encuentros anuales en Roma para dar lugar a una estructura ramificada que forma una red con los países en los que está presente y que tiene su espacio virtual en Internet.

Así, el mundo focolar esta dentro de éste, con sus propias fronteras delimitadas por la pertenencia. Dentro de este mapa hay tránsitos de comunicaciones, bienes y de personas, independientemente de la nacionalidad, que se trasladan a diferentes destinos por tiempo indeterminado como describe a continuación una focolarina italiana.

« Quienes se mueven más son seguramente los focolarinos, que hicieron esta elección de libertad [...] el movimiento de los focolarinos casados en Uganda, es una zona en la que está naciendo esta realidad entonces es importante que sean los mismos focolarinos casados que explican a los otros, que haya una familia que vive esta vocación ahí, con la propia vida y que no sean sólo palabras » (Mónica, italiana, 56 años, focolarina).

La innovación religiosa de los focolares es la posibilidad de ser “santo” desde una consagración laica, la visión de Lubich está en considerar a la religión como un ejercicio cotidiano; redefine así el modo de vivir la religiosidad.

Hasta aquí, un breve repaso por los inicios y desarrollo del Movimiento de los Focolares como parte de la diversidad del campo católico postconciliar. La búsqueda de la santidad desde el laicado aparece como el resultado de una necesidad para quienes estaban casados y como una tercer vía de consagración. Las próximas líneas desarrollan las características de las denominadas “Ciudadelas” argentina e italiana y cómo ser inscriben al interior del grupo estudiado.

 

Ciudadelas como articulación dentro del movimiento eclesial

Existen diferentes aspectos del Movimiento de los Focolares que están presentes en estos territorios que llevan el nombre de Mariapolis permanentes[9] por ser espacios de convivencia y cuyo análisis permite verlas como escenarios privilegiados dentro del grupo religioso. Son presentadas como laboratorios de “unidad” donde están dadas las condiciones materiales, sociales y espirituales para ser posible. Pueden pensarse como categorías de interpretación la cuestión de lo comunitario, lo familiar, el género y el modo en que son representadas por los miembros del grupo.

La creación de estas ciudadelas deriva de la estructura de una abadía, como pequeñas aldeas cercadas por muros como en las antiguas ciudades medievales. Su organización tiene como principal objetivo reproducir las condiciones de la vida en “unidad” y que quienes viven en ella puedan trabajar, tener actividades de formación en la espiritualidad y recreativas.

Tanto la Mariapolis argentina como la italiana se construyeron, con diferencia de 4 años, en terrenos donados por miembros del movimiento, tienen una estructura similar, comparten tla organización, división de tareas y el estilo de vida.

Loppiano, cerca de Florencia es la primera ciudadela del movimiento, fue fundada en 1964[10] y en 1968 Mariapolis Lía en la provincia de Buenos Aires; surgida alrededor de un monasterio de la orden de los capuchinos en el pueblo de O’ Higgins donde actualmente viven 200 personas.

Según fuentes del movimiento, en Loppiano viven 900 habitantes de 70 nacionalidades distintas y es visitada anualmente por 40 mil personas. Durante la misa del domingo al mediodía más de 780 personas llenan la Iglesia de la ciudadela diseñada por un estudio de arquitectura formado por miembros del movimiento[11]. De manera integral, las casas están decoradas con artesanías que se fabrican en la ciudadela y las esculturas son de artistas que son focolares. Se producen objetos en madera o cerámica para su venta y exportación, existen polos industriales en cada Mariapolis (desde alimentos, productos de belleza, muebles, juguetes, etc.) y cuentan con alojamiento y visitas guiadas para el turismo.

Loppiano aparece en las entrevistas como destino de viaje de bodas, vacaciones o escuelas de formación, como en los fragmentos que se reproducen a continuación.

« Como viaje de bodas fuimos una semana a Loppiano y tuvimos la alegria de inaugurar el primer departamento para recibir a las familias […] las familias no tenían, como ahora una escuela. Inicialmente era una construcción que habían arreglado que era una vieja Iglesia donde vivían dos familias que vivían fijas ahí » (Luisa, italiana, 61 años, voluntaria).

En ambas “Ciudadelas” viven familias de modo permanente, algunas de las cuales desde su fundación y de manera temporal las personas que transitan las escuelas de formación, que tienen una duración que va de los seis meses a los dos años en Loppiano [12] y de un año en O'Higgins.

Josefina tiene 29 años, nació en El Salvador en el seno de una familia católica, conoció el movimiento a los 20 años a través de una conocida que la invitó a un encuentro. A los 27 años decide ir a hacer la pre-escuela a Colombia y luego vivió un año y medio en Loppiano, de aquí partió para cursar un año más en Suiza para finalizar su formación de focolarina junto a otras jóvenes que promedian los 30 años.

Valeria es lituana, tiene 25 años y vive en Loppiano realiza su formación, cree que su destino será Lituania por el idioma y porque sólo hay tres focolarinas lituanas y una de ellas es su tía. Anteriormente, Valeria visitó Loppiano para la escuela de jóvenes y volvió tres años después con la intención de transitar la experiencia de formarse como focolarina.

Elena es argentina, tiene 24 años y vivió un año en la Mariapolis argentina. Conoció el movimiento por su madre y en el 98 fue a un teatro de Buenos Aires a escuchar a Chiara Lubich en su única visita a la Argentina. También hace la escuela de focolarina en Loppiano y relata su historia en italiano, el idioma de la fundadora y de Loppiano.

Vegoña es una española de 35 años; conoció el movimiento a los 14, hizo 2 años de formación en Loppiano, un año en Suiza, una experiencia en una ciudadela de África y hace cuatro años que reside en Argentina, es psicoterapeuta y profesora de música. Trabaja en artesanías en la ciudadela y dirige el grupo de música.

 

 

Para quienes están transitando procesos de formación la vida cotidiana se divide entre las lecciones de espiritualidad, italiano, antropología e ideal, entre otras; y el trabajo en pequeñas empresas o en la manutención de las ciudadelas. Las actividades de formación para jóvenes y el trabajo están divididos por sexo al igual que la vivienda. Las comidas se realizan con quienes se comparte la casa y el culto es mixto, al igual que algunas actividades recreativas.

Quienes son focolarinos y focolarinas no usan hábito, pueden ejercer sus profesiones salvo cuando la distancia de la Mariapolis no lo permite. Tienen una vida consagrada cuyo estatuto regula las obligaciones diarias de oración, meditación, visita a la Iglesia y el rezo del Rosario.

Geográficamente, las ciudadelas se dividen en una parte femenina y una masculina y las personas individuales comparten la vivienda divididos por sexo y “compromiso” dentro del grupo. Las familias viven juntas en casas independientes cerca de la ciudadela y existen lugares comunes de formación, de trabajo, de recreación y de culto.

 

 

El estilo de vida particular de esta comunidad la vuelve un lugar cerrado pero al mismo tiempo es un lugar cosmopolita de movimiento continuo y de intercambio a través de la llegada de personas de distintas nacionalidades, relacionadas con el grupo religioso [13].

Cada ciudadela representa la presencia del movimiento en realidades nacionales religiosa y culturalmente diversas y de sus seguidores. La ciudadela italiana es uno de los lugares de memoria, de momentos claves en el surgimiento y evolución del movimiento eclesial ya que es la primera y junto con las otras constituyen sitios de inscripción del carisma en las sociedades actuales.

La Mariapolis argentina, por su parte, presenta las características propias de la presencia focolar en el país y es un ejemplo de los tránsitos de miembros del movimiento, es un lugar de formación de jóvenes en la experiencia focolar latinoamericana. Es principalmente un centro de formación de laicos consagrados que dan cuenta de la vitalidad y reproducción del movimiento. Por su estructura ramificada tanto Loppiano como Mariapolis aparecen como pequeños focos de un mapa mucho más amplio. La dimensión imaginaria (Anderson, 1991) conecta estas ciudades focolares con sus prácticas como un eslabón de una organización mayor.

Fiona Bowie (2010) resalta que la internacionalización es extremadamente importante y posibilita que la diversidad cultural sea resignificada por la experiencia en común de la vida bajo este aspecto religioso. En las ciudadelas viven hombres (por un lado) y mujeres (por el otro) de diferentes nacionalidades que permiten expresar el microcosmos de las posibilidades de un “mundo unido”. Esta dimensión internacional se destaca en las entrevistas a continuación como las posibilidades de vivir la experiencia focolar.

« La religión no es lo fundamental, eso es el ideal, el verdadero “hilo conductor” [...] dentro de la misma religión te encontrás con mundos diversos y contenidos distintos, el catolicismo vivido en África es distinto en relación al de acá, aún leyendo la misma Palabra, el mismo Evangelio » (Doménico, italiano, 43 años, Familias Nuevas).

« Cuando estuve en África en esta aldea donde estaba con mi novia [...] Ves una realidad aparentemente distante, es una oportunidad de ver el lado más humano, después volves a casa y lo compartís con los otros pero esto es posible porque lo que te moviliza es el ideal, el motivo religioso » (Paolo, italiano, 26 años, Gen).

Estas ciudadelas y sus comunidades son realidades micro insertas en contextos nacionales específicos, son urbanizaciones que no dependen de las transformaciones socioeconómicas de las políticas de los países sino la expresión de la presencia del movimiento católico en ese país y sus seguidores. El ideal de unidad comprende estas diversidades étnicas, nacionales y linguísticas que se vuelven una diferencia más entre otras.

La “Ciudadela” argentina es un lugar de memoria e identidad de los miembros argentinos, representa la posibilidad de tener un espacio propio de congregación y de “territorialización” (Ortiz, 2005) como modos de existencia delimitados por la comunidad religiosa y no por el territorio nacional. En este sentido, tanto en Italia como Argentina pueden reconocerse similitudes en “modos de hacer y decir”, en las decoraciones de los establecimientos, en los objetos de uso cotidiano y en la organización de los días divididos entre el trabajo, las lecciones de formación, el vocabulario propio y la misa diaria.

La importancia de la creación de la Mariapolis Lia [14] es la manera de “producir territorio” (Segato, 2008: 312) ya que constituye fundamentalmente un centro a nivel latinoamericano de formación de jóvenes y delimita una zona por parte del grupo religioso. Es el modo de internacionalizarse y de trascender las fronteras de las naciones (Csordas, 2009) para ser un punto focolar en latinoamérica ya que “el modelo propuesto nace y se desarrolla en un contexto extraño para la gran mayoría de los latinoamericanos, a partir del cual se internacionaliza” (Soneira, 2007: 71). Los puentes entre lo global y lo local (Sassen, 2007) al interior del movimiento se construyen a través de redes y tránsitos de personas entre las ciudadelas y los puntos de un mapa focolar mundial.

La religión tiene la capacidad de agregar personas en escala ampliada, de crear lazos sociales. En tanto lenguaje, ideología y concepción de mundo vincula los intereses y coordina las acciones colectivas (Ortiz, 2005: 110).

Las ciudades articulan esta organización de sentido, son espacios que aspiran a la santidad, lugares circunscriptos dentro de realidades nacionales distintas pero que generan un estilo de vida donde es posible la comunión con el otro en la economía, en el trabajo, en el estudio.

Alnet señala que “el mantenimiento de la ciudadela y su crecimiento derivan de la eficacia de una espiritualidad practicada, en la cual los principios religiosos se vuelven normas para acciones racionales” (Alnet, 2012: 257).

Su finalidad es llevar el carisma del movimiento a su máxima (y utópica) expresión; están alejadas de las grandes ciudades y tienen un modo concreto de vivir. Son garantes de autoridad y de la continuidad del grupo: tienen un relato proprio de sus orígenes (la visión de Lubich), el testimonio de los miembros (que es posible la realización del carisma) y de las prácticas en sus vidas (la aplicación del evangelio a diario).

La identificación eminentemente religiosa de la continuidad de una tradición procede del compromiso personal y colectivo de sus miembros; así se constituyen como grupos organizados con sus factores ideológicos y políticos propios.

Para finalizar, el estilo de vida que establecen lleva implicita la imposibilidad de una vida en comunión por fuera de la ciudadela ya que se presentan como un modelo, un tipo ideal cuya integridad tiene que ver con ser focolar. Las “Ciudadelas” como laboratorios encierran en sí misma su posibilidad de existencia y constituyen espacios de santidad dentro del mundo actual, aquí y ahora.

 

Resultados

Hoy en día los focolares son una vía más dentro del catolicismo, los entrevistados provienen de ambientes parroquiales, han frecuentado el catequismo y han recibido los sacramentos. Sin embargo, la propuesta de los focolares no deriva del catolicismo sino de la pertenencia al grupo, es porque están en un movimiento. Se reconocen herederos del catolicismo pero innovando un proyecto diferente, proponen una continuidad que responde a la autoridad de una tradición y constituyen “pequeñas memorias” (Hervieu Leger, 1993:284).

Llevar una “vida de cristianos” como testimonio de fe y participación a través de recorridos individuales o grupales, es la manera de vivir la propia religiosidad de manera más radical.

Reconocen la santidad en la “unidad”, esto se cristaliza en las Mariapolis que tienen como finalidad el vivir con otros; la consagración a Dios es por vía del carisma. La “unidad” estructura las relaciones de sus miembros a nivel local, nacional con el movimiento todo e internacional con la “comunidad imaginada”, que también es focolar. Los vínculos afectivos y la experiencia de compartir valores en todos estos ámbitos “une” a los miembros entre sí. La propuesta integral hace que el movimiento trascienda el ámbito religioso para atravesar otras esferas de la vida: políticas, económicas, culturales, sociales, etc.

El mundo focolar actúa como contención frente al materialismo del mundo exterior al igual que las Mariapolis; que son una realidad donde es posible la santidad, un refugio, una metáfora de la unidad.

La pertenencia tiene que ver con la proyección utópica del grupo creyente y elegir estar dentro o fuera de la Mariapolis representa la posibilidad de vivir la propia espiritualidad diversamente pero con otros; los otros, que también son focolares.

 

 

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

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Recebido: 22-02-2016; Aceite: 04-05-2017.

 

NOTES

[1] Es la frase de un joven cuando conoció la ciudadela argentina. Notas etnograficas, Septiembre 2012.

[3] Se realizaron entrevistas en profundidad a 15 miembros activos que participan de diferentes grupos al interior del movimiento (familias nuevas, voluntarios, gen, focolarinas y aspirantes a focolarinas) entre 2011 y 2013. Los matrimonios se entrevistaron por separado, un encuentro de dos horas cada uno en sus casas, en las ciudadelas y en el focolar femenino de Padua. La etnografia se realizó por medio de la observación participante con dos estancias en ambas ciudadelas y en actividades del grupo religioso de Padua como encuentros anuales, misa mensual y actividades de los grupos juveniles. En la investigación era interesante indagar con observaciones participantes cómo era la realidad focolar en otro contexto diferente al italiano y se eligió la argentina por ser el país de proveniencia de la investigadora.

[4] http://www.focolare.org. , consultado en 2016.

[5] Lubich fue la presidenta del Movimiento de los Focolares hasta su fallecimiento en Marzo de 2008. Posteriormente la Asamblea General eligió una nueva presidenta, de acuerdo a lo establecido por los estatutos generales que fijan que la presidente del movimiento será siempre una mujer y el co-presidente un religioso focolar. Ambos italianos. Una nueva asamblea de 2014 se renovó el mandato a la presidenta y se elige un nuevo co-presidente, un religioso de origen español. Chiara Lubich es representada como “lmadre”, a quien se le debe la innovación en la fe, además de líder y fundadora entre los entrevistados. Quienes la conocieron, fueron sus contemporáneos y colaboradores cercanos tienen un lugar destacado en el núcleo duro del grupo en relación a la transmisión fiel de la “visión” del movimiento y “revelaciones” de Lubich.

[6] Entrevista a miembro activo del movimiento, 2012.

[7] Congresos anuales internacionales por cada “vocación” en Roma, Jornadas en Padua de dialogo interreligioso, deportivas y juveniles. Culto local mensual que reúne a la comunidad de Padua.

[8] Las “vocaciones” o grupos internos de participación dentro del Movimento son: focolarino y focolarina, focolarino casado y focolarina casada (consagrados), familias nuevas (matrimonios), voluntarios (se participa individualmente y tiene un amplio margen de edad), gen (jóvenes desde los 4 a los 25 años aproximadamente), adherentes (se participa individualmente o como matrimonio, es el grupo más amplio en cuanto a frecuencia de participación y rango de edad) y religiosos (sacerdotes y monjas ya consagrados que realizan una formación dentro del movimiento).

[9] Mariapolis se denominan a los encuentros de convivencia o retiros que son temporales.

[10] http://www.loppiano.it , consultado en 2014.

[11] Notas etnograficas, octubre 2011.

[12] Después de los dos años de formación, las personas que eligen ser laicos consagrados casados o solteros se destinan a ciudadelas o casas en ciudades del mundo para que vivan con otros focolares.

[13] Como las nuevas comunidades monásticas (Palmisano, 2012), las Mariapolis son lugares donde viven hombres y mujeres, laicos y consagrados, alejados de las grandes ciudades pero no están separados del mundo; tienen un modo concreto de vivir pero como ciudades están conectadas (a través del tránsito de comunicaciones, bienes y personas) a otros eslabones de esta geografía definida por la presencia del grupo. No hay una búsqueda ni una finalidad que podríamos caracterizar como de “fuga del mundo” (Hervieu-Léger, 2012; Abbruzzese, 2014) y quienes viven en las Mariapolis son parte del mundo focolar. La vida consagrada de las órdenes monásticas tradicionales se traduce en las Mariapolis en la posibilidad de un estilo de vida “santo” desde el laicado y con otros. La vida comunitaria es el fin de las ciudadelas. La concepción del mundo (Collins, 1988), como alude el título del artículo, sugiere que el mundo focolar está dentro de éste como posibilidad y ser focolar es la posibilidad de habitarlo.

[14] La Ciudadela de O' Higgins, provincia de Buenos Aires, lleva el nombre de una de sus miembros fundadores.

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