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Observatorio (OBS*)

versão On-line ISSN 1646-5954

OBS* vol.11 no.3 Lisboa set. 2017

 

Más Allá de la Sociedad Algorítmica y Automatizada. Para una reapropiación crítica de la Cultura Digital

Beyond the algorithmic and automated society. Towards a critical reappropriation of digital culture

 

Vania Baldi*

Professor Auxiliar, Universidade de Aveiro, Portugal (vbaldi@ua.pt)

 

RESUMEN

El artículo apunta a una reflexión sobre los estudios y los discursos prevalecientes en el contexto de la sociedad digital contemporánea. El objetivo es de responder a la propaganda de la ideología 2.0 y a diversas prácticas culturales y económicas que fomenta, promoviendo una estrategia analítica capaz de diagnosticar los funcionamientos y las implicaciones de los dispositivos y de las gramáticas informacionales, e impulsando la difusión de una crítica tecno-cultural contra la gobernabilidad de las plataformas digitales más influyentes. Se trata de un tema crucial que involucra un cambio radical en nuestras actividades cuotidianas, científicas, económicas y cognitivas. Las ciencias sociales no deben dejar a los especialistas y empresarios del software la gestión de los datos y de los desafíos sociotécnicos contemporáneos, deben promover debates y prácticas para la génesis permanente de la “infodiversidad”.

Palabras-clave: Sociedad digital, economía política de la comunicación, microfísica del poder informacional, filtros algorítmicos, datificación.

 

ABSTRACT

The article aims at analyzing the studies and speeches prevalent in the contemporary digital society. The goal is to respond to the propaganda of ideology 2.0, as well as some of the cultural and economic practices that fosters, promoting an analytical strategy to diagnose the workings and implications of devices and informational grammars and thus challenging the spread of a technocultural criticism against the governmentality of the most influential digital platforms.

This is a crucial issue that has to do with the radical transformation of our everyday, scientific, economic and cognitive activities. The sociology should not let to software experts and entrepreneurs the management of contemporary socio-technical challenges. It is necessary to promote and connect permanently the “infodiversity”.

Keywords: Digital society, communication political economy, microphysics the informational power, algorithmic filters, datification.

 

Las herramientas que tenemos disponibles moldean las mismas preguntas que nos planteamos.

Thomas Kuhn

Hay que evitar la creencia de que las innovaciones tecnológicas son positivas sólo por ser nuevas, o son negativos sólo porque son tecnológicas.

David E. Graham

 

Introducción

Después de dos décadas de consenso generalizado sobre la redentora revolución social y cultural, determinada por la tecnología digital y la red informática, empiezan a analizarse los resultados y la naturaleza de esta revolución. La revolución todavía está en curso, pero tenemos que entender lo que se convirtió en un sentido verdaderamente emancipador y lo que se dejó atrás, reduciendo y limitando las perspectivas de mejora individual y colectiva. De hecho, en muchos casos, las potencialidades socialmente prometedoras proyectadas en la tecnología digital se quedaron como potencialidades sin efectividad. Se trata de comprobar, entonces, las áreas operativas donde la Web ha traído los procesos de apertura e integración sociocultural, y donde ha estimulado y proporcionado nuevas restricciones, ideologías e ignorancia.

Los procesos ético-políticos que contribuyen a la morfología del poder y del valor en la Web nos indican cómo el nuevo petróleo está ubicado dentro de los data center, donde se aguarda y calcula la vida social y las relaciones de miles de millones de seres humanos, determinando así la centralidad de los contenidos digitales para la esfera económica y política contemporánea.

Las media company y sus numerosos socios proporcionan, a través de sus actividades heterogéneas y aparentemente lejanas, la proliferación de una gran cantidad de datos que deben ser producidos y suministrados para recogerlos y correlacionarlos con finalidades estadísticas y de marketing. Producir valor en la dicha “info-esfera” contemporánea requiere una gran fuerza de atracción participativa en la Red y la disponibilidad tecnológica para registrar y hacer circular los datos digitales. La "datificación" promovida para las grandes empresas tecnológicas de la información y comunicación se convierte así en el nuevo horizonte estratégico de la “desintermediación” (Mayer-Schönberger, Cukier, 2013). El filtro de muchas de nuestras relaciones con el mundo está diseñado y administrado para los programas informáticos, muchas de nuestras preguntas y respuestas se basan en un conjunto de sugerencias personalizadas, digitalmente elaboradas y computadas.

Los algoritmos informáticos están diseñados para transformar el proceso y el resultado de cualquier operación en línea en automatismo, ilusionando con la supuesta transparencia y neutralidad de sus procesos computacionales. Proporcionar, en contraste, info-competencias críticas y creativas de descodificación de los contenidos y de las plataformas digitales y, simultáneamente, promover las condiciones éticas y técnicas para el desarrollo de tecnologías cooperativas (y no corporativas) es el reto ético y estético (sensible) del conocimiento crítico presente. La economía política de la Web estimula el acceso a una infinidad de contenidos, pero a partir de una posición que, como veremos, no permite al usuario comprender el comercio y los precios implicados.

Se trata, entonces, tras dos décadas de euforia cultural sobre las nuevas tecnologías de la comunicación, fomentada a través de un discurso (periodístico, académico, empresarial, entre otros) asentado en el enriquecimiento de la democracia, de la economía y de la inteligencia colectiva, de reconstruir la trayectoria dentro y al lado de la cual estas razones prácticas automatizadas (intangibles y distintivas al mismo tiempo) ganaron fuerza y consenso, rechazando a priori dudas y contraargumentos. Tener acceso a la Web no garantiza la elección de su posición en la red, no determina el control o las características de la topografía de las relaciones que circunscriben, así como no permite la misma visibilidad a todos los nodos que entran.

En este sentido, en primero lugar, se avanzará a través de la indicación de una vereda conceptual basada en el esclarecimiento de la lógica política subyacente a los discursos sociales dominantes dirigidos a interferir en el sentido común y en la construcción de una retórica pública, y a continuación se procederá a una comparación entre recientes investigaciones sociológicas que consienten plantear cuestiones estratégicas sobre aquella otra retórica que domina la epistemología y la infraestructura de la comunicación digital (convertida en ideología) con implicaciones muy concretas para la política y la economía del conocimiento. ¿Iremos más allá de plataformas digitales organizadas en torno a la política de los likes? ¿Pasaremos desde la economía de la atención para una Web de las intenciones?

 

La cultura como un campo de batalla permanente

Cualquier forma de codificación cultural, cada formalización de intenciones, no es sólo un instrumento antropogenético de significación, no se limita a ser una herramienta social de sociabilidad, sino que es también una competencia que predefine las formas de esta misma participación, jerarquizándolas.

Se da por sentado que unas de las cualidades antropológicas que distinguen al animal humano son, entre las otras características específicas de nuestra especie, la facultad y capacidad del lenguaje. Aunque estas potencialidades antropológicas se refieren a nuestra fundamental emancipación psíquica y colectiva, una vez que se vuelven habilidades históricamente compartidas, terminan por tener por detrás una economía política de los usos lingüísticos capaz de conferirles idoneidades específicas, nunca neutrales y siempre performativas, volcadas a la construcción de un consenso relativo a la propia legitimidad social.

Además, se sabe que no está garantizado que lo que es común en potencia, una vez actualizado y concretado, quede común. El lenguaje, cuando es transformado en lenguas heterogéneas, empieza a tomar y reflejar las diferentes estratificaciones semánticas debidas a sus aplicaciones contextuales.1

Todo aquello que es compartido en común es también, simultáneamente, repartido en partes y lugares exclusivos (y excluyentes) que lo constituyen. Como refiere, entre otros, el filósofo Jacques Rancière, el consenso se basa en la institución de una partición de lo sensible, de leyes y reglas hechas implícitas que dividen y definen lugares y formas de participación.

El consenso se estructura a través de configuraciones establecidas de la percepción, del pensamiento y de la acción que distinguen lo audible de lo inaudible, lo comprensible de lo incomprensible, lo visible de lo invisible, lo que puede ser dicho, pensado o hecho. Un animal que habla, dice Aristóteles, es un animal político. No obstante, indica Rancière, el esclavo que comprende el lenguaje no lo “posee”.

Los conflictos políticos, entonces, giran alrededor de la distribución y jerarquización de lo sensible, de las gramáticas instituyentes de las “formas de vida”, así como de las creencias (los endoxa aristotélicas) y de las definiciones autorizadas y reconocidas como tales.

Política y estética se combinan entre sí en la gobernación de lo sensible, en las distinciones y divisiones aceptadas y determinadas por la transmisión de competencias adquiridas. Competencias políticas, consideradas estéticamente, o sea como sistema de las formas a priori que determinan aquello que es dado sentir.

La estética es así un recorte de los tiempos y de los espacios, de lo visible y de lo invisible, de la palabra y del ruido, que define, simultáneamente, el lugar y el intento de la política en cuanto forma de experiencia.

La política, en este sentido, tiene por objeto aquello que vemos y aquello que podemos decir acerca de lo que vemos, acerca de quién tiene competencia para ver y las cualidades para hablar, acerca de las propiedades de los espacios y de las posibilidades del tiempo.

Las lenguas y las alfabetizaciones (las varias competencias técnico-alfabéticas), con sus historias singulares, con sus prácticas cotidianas y estandarizadas, con sus efectos performativos, demuestran, al buscar constantemente una legitimación en la codificación del mundo social, ser un terreno de conflicto cultural y político y pertenecer incluso a esta dimensión cultural de las habilidades sociales asociadas a las relaciones de poder.

 

Retóricas impuras: el lenguaje del soft power

¿Quién define las definiciones? La jerarquía de las clasificaciones sociales pasa por las representaciones y por las retóricas públicas que la justifican a través de declaraciones y alusiones redundantes y tautológicas. El poder de representar, ya sea legítimo o ilegítimo, remite a la fuerza de moldear y dominar la realidad de lo que está representado. Como explicó Pierre Bourdieu, la fuerza del lenguaje autorizado se manifiesta en el reconocimiento colectivo implícito de esta autorización a hablar y representar oficialmente, y por lo tanto legítimamente. El “misterio del ministerio” (retomando a los canonistas) explica para Bourdieu esta fuerza mágica y performativa del lenguaje institucionalmente autorizado, y socialmente reconocido y permitido.

La hegemonía política y cultural queda estrictamente ligada a las cuestiones que remiten a los endoxa, las creencias sedimentadas, a la colonización de las conciencias y al dominio simbólico. Se trata entonces de registrar e historiar esta formas de gobernación, vinculándolas con la fenomenología actual de un poder ejercido “según las técnicas del tratamiento homeopático y dela metabolización del deseo” (Marramao, 2001, p. 75).2 Es necesario, por tanto, confrontarse con los “discursos” de quien, operando implícita o explícitamente en la justificación de lo existente, instituye un “vocabulario de fondo” que sustenta y vincula los juicios, las representaciones y las molduras del reconocimiento, pre-especificando las gramáticas cognitivas y emotivas a través de las cuales se conciben y actúan las distintas relaciones sociales.   

Estudiosos como Ludwig Wittgenstein, Manuel Castells o Bruno Latour nunca dejaron de indicar que las discusiones epistemológicas entorno a los métodos y los sistemas de clasificación no deben hacer que se olviden que todo instrumento de conocimiento también adopta funciones que no son de puro conocimiento. Los modos convencionales de conocimiento y de expresión están siempre anclados “en las condiciones sociales de su producción y reproducción”; en este sentido, las “prácticas taxonómicas, instrumentos de conocimiento y de comunicación que son las condiciones de la constitución de sentido y de consenso sobre el sentido […] no ejercen su eficacia estructurante si no están, a su vez, estructuradas” (Bourdieu, 1980, p. 159).3

Solamente a través de un corte gramatical en la estructura de este tipo de vocabulario, fundamental para reconstruir “el arbitrio histórico de la institución histórica que se hace olvidar como tal, intentando fundarse en una razón mítica” (Bourdieu, 2001, p. 114-115),4 la crítica puede aproximarse más libremente a un horizonte de inspiración cooperativa entre las diferencias. El lenguaje periodístico y académico sobre las nuevas tecnologías de la información ejerce un poder carismático tan fuerte, basado en la matemática computacional (siempre smart),  que logra ocultar su fuerza social. Las prácticas sociales de producción e consumo digital refuerzan, con sus hábitos hiper-mediáticos más generalizados, tales creencias.

 

Jerarquías 2.0: interactividad sin dialéctica y redes ocultas

¿Será la época digital contemporánea fuente de una nueva forma de hegemonía? ¿Existen realmente caminos más viables que en el pasado para compartir mejor y protagonizar horizontalmente la nueva esfera pública 2.0? Detrás de la retórica sobre la era de la convergencia tecnológica existe un tipo de fuerza, técnica y empresarial, centrípeta, que apunta hacia un nuevo orden económico, político y cognitivo. Lo que hasta ahora representó una nueva realidad tecnológica, el paradigma de la convergencia, la producción y fruición de contenidos gestionados, remezclados y esparcidos por software y webware, nuestras nuevas interfaces con el mundo (Manovich, 2013), creó sin duda un nuevo ambiente cultural que, sin embargo, no cambió (más sorpresivamente acrecentó) los dispositivos de jerarquización sociotécnica.

Comienza a emerger una exigencia de una nueva teoría crítica de la cultura y del lenguaje digital. Estos se asientan en una serie de dispositivos y automatismos tecnológicos y algorítmicos que aparentemente desempeñan una función comunicacional transparente y democrática. Comienza a ser necesaria, entonces, una nueva teoría crítica dirigida a deconstruir una nueva ideología como lo es la de la comunicación digital en red. Se presenta una microfísica del poder informacional, una reactualización del método analítico e crítico de Michel Foucault, con miras a reconfigurar y rescatar cuestiones éticas y estéticas propicias para un distinto panorama intelectual, no sujetado a las modas y a los fetichismos culturales.

Somos afectados cada vez más por experiencias comunicacionales, semióticas y tecnoestéticas que reverberan y enfatizan la transmisión-recepción de datos y mensajes redundantes y, al mismo tiempo, personalizados. Una abundancia infinita de informaciones almacenadas en nuestros data centers ubicados por el mundo, informaciones sobre las cuales no llegamos a tener control, ni, paradójicamente, memoria. La cultura del acceso, para aquella parte de mundo envuelta en la transformación de la sociedad en red, proporciona una constante sensación y conciencia de interconexión, encarada muchas veces como concreta realización de un protagonismo directo y extendido a todos los internautas.

Todos, en la esfera digital, encontramos un lugar para expresar y poder hacer públicas nuestras ideas, pero sin garantía de tener todos los internautas la misma potencial visibilidad. Entrar es fácil, pero es entender adónde lo que es problemático. La ciudadanía digital puede no ser un mero automatismo informático y, en ese sentido, vamos a señalar unas características de esta ilusión.

No hay nada de más humano que la técnica, pero por eso mismo la técnica termina por poderse convertir en medio de explotación. Y, al mismo tiempo, lo que puede tornarse tóxico en ella no es la técnica en sí, sino, eventualmente, nuestra incapacidad (exhortada) de socializarla en una perspectiva que potencie nuestra autonomía. Las potencialidades de emancipación implícitas en la tecnología digital quedaron, en algunos aspectos fundamentales, como potencialidades, es decir, a pesar de favorecer nuevas formas de sociabilidad y de conocimiento, no transformaron, sino que reforzaron en un sentido más oscuro y concentrado, la organización y la distribución del poder informacional y social.

Palabras sugeridas por los motores de búsqueda, nubes informáticas que almacenan e integran datos personales, canalización en pocos nudos telemáticos del tráfico informacional en red, competencia entre links por la visibilidad y por la primacía en los rankings, “autoritarismos” invisibles en los procedimientos de recolección, selección y muestra de los contenidos, transformación de estos en diletantismo broadcast yoursefl, etc.

En la Web actúa la fuerza de la posición cada vez más dominante de los cuatro “propietarios” (Amazon, Apple, Facebook y Google, en orden alfabético).

En este sentido, una cuestión impensable hasta hace unos años atrás es aquella de asistir a la muerte de Internet en el sentido de una Red imaginada como abierta y equitativa en la distribución de las oportunidades relacionales e informativas. Un gurú de la cultura digital como Tim Wu, en su estudio The master switch (2011), afirma que la Web se volvió un archipiélago de “jardines vallados” (walled garden) y en competencia. Asociaciones y aglomeraciones entre empresas high tech, gestores de red y proveedores de contenidos ponen en riesgo la afirmada neutralidad de la Red, secuestrando a los usuarios en un mercado cada vez más dividido por nichos autorreferenciales: iTunes, Facebook, Amazon y Google son lugares que ambicionan a sustituirse a la Red.

Los servicios ofrecidos por las varias nubes son (además de omnipresentes y fundamentales en la gestión e integración de informaciones) cada vez más servicios que se parecen a los “financieros”, en el sentido de que almacenan billones de datos y de perfiles biográficos, a través de dispositivos técnicos de “datificación” que conducen a integrar informaciones para venderlas. Una forma no muy diferente, en el fondo, de la de los bancos que transfieren a fondos desconocidos el dinero guardado de los clientes. En este sentido, los internautas parecen, cada vez más, trabajadores inconscientes de serlo. Además, al acrecentar “las bases de datos de intenciones” (así las define John Battelle en su libro The search), los utilizadores implementan el proyecto de los contenidos self generated, el cual tiene por objetivo llegar al algoritmo perfecto e “inteligente”, ese “intuitivo” que faculta la búsqueda en automático e independientemente de la voluntad del sujeto.

Enfatizar en las performances de los contenidos self generated abre el camino a dos perspectivas éticas y políticas paralelas y, al mismo tiempo, convergentes: por un lado, se estimula el desapego y el descrédito al respeto de los profesionales de la información, de los intermediarios culturales y de los intelectuales, por el otro lado se apunta a una personalización de los servicios informacionales y de los intereses. Esta retórica 2.0, promovida por los nuevos representantes de la cultura tecnológica dominante dot.com, pretende de esta forma constituir una nueva capa de intermediarios presentados como confiables, neutros y transparentes por ser informatizados y automatizados. Como si la lógica de la “datificación” y de la computación de los algoritmos no correspondiera a propósitos estratégicos.

Se provoca, así, un sentimiento impropio de autosuficiencia por parte de los usuarios en relación a los críticos y a las instituciones culturales, de modo que así se pueda aumentar en los prosumers la dependencia de los servicios Web 2.0 como única fuente de conocimiento. Al mismo tiempo, lo que es curioso es cómo los filtros, al elaborar en automático esos contenidos personalizados, acaban por cerrar los horizontes de la curiosidad, de la búsqueda y del conocimiento, transformado la pantalla en un espejo, el usuario en un contenido y los algoritmos en nuevos intermediarios.

Los filtros de los motores de búsqueda, así como los de las redes sociales, respondiendo al criterio según el cual “¡si te gustará esto, también te gustará aquello!”, proporcionan un conformismo más poderoso que aquél denunciado cincuenta años atrás por los teóricos de la Escuela de Frankfurt. Buscando, a través del análisis integrado del historial registrado en línea, la “relevancia” de los contenidos más buscados y de los enlaces con más clics, se transforma, también, la economía de la atención proporcionada por las web companies, enfocada y canalizada cada vez más hacia la previsión de las intenciones de los usuarios y la repetición (personalizada) de las informaciones más buscadas. La época de la convergencia cultural (basada en los suportes hiper-mediáticos) encuentra así su opuesto: la fragmentación y la división de los usuarios efectuada por medio de contenidos y circuitos informativos diferenciados: The filter bubble (Pariser, 2012).  

Hoy, entonces, la contra-hegemonía pasa también por la deconstrucción y reconstrucción de una imagen del mundo distorsionada por la eficacia tecnológica, por la aceleración y la ubicuidad informacional: se trata de cuestionar la retórica superficial que esta imagen lleva consigo: el mundo no es tan pequeño, ni tan accesible y cooperativo como nos es presentado en su versión on line.

La idea del small world promueve implícitamente la ideología de las conexiones fáciles y de los nudos equidistantes, donde todos tienen las mismas potencialidades de conectarse rápidamente. En verdad, como fue demostrado por Albert-Laszlo Barabasi (Barabasi, 2002), no pueden existir redes con recursos simétricamente distribuidos y en la Web, todavía por encima, se engendran nuevos y potentes gatekeepers, pues el flujo de las informaciones tiende a pasar por pocos canales y nudos que acaban con dirigir el tráfico general de las informaciones. En este sentido, la teoría elitista de la sociedad de Vilfredo Pareto vuelve a ganar nueva vitalidad, en cuanto la estructuración competitiva entre hubs e “islas periféricas” que caracteriza el mundo digitalizado queda fuertemente desequilibrada en una lógica que, siempre en el lenguaje de Barabasi, sigue una “ley de potencia” (power law), a partir de la cual “rich get richer” – el rico se vuelve más rico. Es decir, mientras más conexiones un nudo posea, mayores las oportunidades de que éste tenga cada vez más nuevas conexiones en el océano del flujo informativo on-line.

El oligopolio de las oportunidades info-comunicacionales representa un empobrecimiento de la comunicación social y de la misma info-esfera (Floridi, 2014). Así como nuestro sistema ecológico, nuestra biosfera, necesita de biodiversidad para ser sustentable, también nuestra info-esfera necesita de info-diversidad para proporcionar dignamente una verdadera y democrática ecología del conocimiento.

La necesidad de hacer inteligible la lógica de funcionamiento de los links direccionados es un recurso intelectual y técnico que puede democratizar la vida de la red. De hecho, en tanto que reducen la complejidad e recortan las distancias, tejen relaciones que no dejan de ser preferenciales por cuestiones numéricas (cuantitativas y estadísticas). Links y filtros son los nuevos “porteros”, los nuevos intermediarios que, siendo automáticos e “inteligentes”, no necesitan justificar el origine de su propia fuente. Los motores de búsqueda, una vez más, al construir la reputación de los documentos digitales en función de su número de links en entrada y salida, engendran la constitución de nuevas jerarquías y de nuevos asustadores conformismos.  Este riesgo afecta directamente la cualidad y la identidad del conocimiento: se crea un corto circuito entre una perezosa (“deficitaria de atención”) búsqueda de informaciones y el ranking de las mismas. Está estadísticamente demostrado cómo solamente una pequeña minoría de ciudadanos digitales hojea más de una página de los resultados encontrados en los motores de búsqueda. La confianza ciega en la sistematización de las respuestas encontradas remite a escenarios poco tranquilizador.5

 

Automatismos inteligentes, pero ignorantes. La pesadilla de la memoria

Un aspecto relevante, que debe considerarse como supuesto para un abordaje reflexivo y crítico hacia la sociedad de los automatismos numéricos, es la cuestión de la producción y del uso informático de la memoria. Las técnicas de registro, la memoria exteriorizada en soportes técnicos, desde las tablas de arcilla hasta lo tablets de silicio, siempre han permitido la posibilidad de guardar, transmitir y compartir conocimiento, así como, según la técnica, proveer formas de pensar y sentir.

Retomando las cuestiones relativas al almacenamiento de los datos es ahora relevante subrayar no sólo la importancia de la memoria registrada como algo desde siempre implicado en las técnicas de producción artística, administrativa e intelectual, sino también como algo esencial y fundamental para el evolucionismo informático. Los ordenadores, por ejemplo, se transformaron al pasar de instrumentos de cálculo a instrumentos de archivamiento, en lo que fue la potencia de la memoria el componente que desempeñó (y todavía sigue desempeñando) el papel técnicamente central de esta evolución. Las implicaciones sociales y los efectos cognitivos, de esta velocidad procesada y almacenada, son muchos y diversificados.

Considerando, por ejemplo, investigaciones como las de Nicholas Carr, nombradamente, el libro The Shallows – What the Internet is Doing To our Brains (Carr, 2012), se nos ha señalado cómo ya estamos  pasando de una dimensión de la experiencia cognitiva basada en el lenguaje metafórico y simbólico a una fundada en la interacción casi automática con procesos señaléticos, favoreciendo de esta manera el declinar desde una experiencia sociocultural ligada a una dimensión extensa y proyectual de la temporalidad hacia otra fijada y pegada en la preocupación inmediata del presente.

Según el autor, quien sin embargo funda su teoría en una noción ambigua de “plasticidad neuronal” (y con algún prejuicio en los medios digitales), un ejemplo de esta condición es ya representado por los efectos neurológicos implicados en los simples procesos de lectura. Quien lee libros activa las áreas cerebrales asociadas a la memoria, al lenguaje metafórico y a los procesos visuales, mientras que quien lee la pantalla utiliza las áreas prefrontales asociadas a las rápidas tomas de decisiones: como si fuera necesario constantemente hacer elecciones de hipertexto sin dejarse distraer por la interpretación del texto. El libro, en principio, absorbe un proceso de memorización de larga duración, estimula un almacenamiento de conceptos y de evocaciones complejas en un sistema hermenéutico y cognitivo coherente. La pantalla interactiva e híper-mediática, al contrario, impone una memorización de corto plazo y saturada de datos que no permiten extraer, distinguir y profundizar la relevancia de las informaciones. “Como muestran varios estudios sobre hipertexto y multimedia, nuestra capacidad de aprendizaje puede quedar gravemente comprometida cuando nuestros cerebros quedan sobrecargados con varios estímulos on-line” (Carr, 2012, p. 262). No muy diferente de lo que he explicado Umberto Eco, más información puede significar menos conocimiento.

Metamorfosis de las subjetividades trabadas por las prótesis tecnológicas: Carr, retomando a McLuhan, en particular la idea de que las prótesis tecnológicas “amputan” las partes del cuerpo y de la mente de las cuales acrecientan las funciones, denuncia cómo modificamos la manera de pensar y sentir, y cómo nuestra capacidad de concentración y nuestra memoria se alteraron definitivamente hacia esfera impersonal.

Igualmente, una autora tradicionalmente entusiasta de los horizontes abiertos por las nuevas tecnologías de la comunicación como Sherry Turkle, en su Alone Together e Reclaming Conversation (Turkle, 2012; 2015), no dejó de recalcar la pereza, la dificultad expresiva y el conformismo comunicacional experimentado por los nativos digitales. La facilidad de acceso a las informaciones determina una tendencia a exigir respuestas también rápidas y simples (need it now). En este sentido, también autores como Wim Veen y Bem Vrakking, en Homo Zappiens (Veen & Vrakking, 2010), destacaron cómo para los nativos digitales la búsqueda de conocimiento y de informaciones está relacionada con las emociones del momento y con la difusión de prácticas ligadas al contexto de amistad. No se buscan seleccionan y escogen específicos contenidos de manera continua y profunda, estos son consumidos y despejados a la velocidad de un clic, cambian rápidamente y sin una estrategia estructurada.6

Estas consideraciones nos remiten al timeless time en que vivimos, al eterno presente de la prisa y de los placeres sincopados, a la fuerza cotidianamente ejercida por la ideología de la rapidez y, también, a los poderes y a las tecnoestéticas comunicacionales que constituyen la agenda de las prioridades de las sociedades (llamadas para Collin Crouch) postdemocráticas.

Una estrategia argumentativa capaz de dar cuenta de los efectos contemporáneos provocados por la dimensión histórica del timeless time es aquella que la cruza con la diagnosis de las nuevas patologías sociales y con los usos sociales del tiempo en red7. Por ejemplo, un pensador como Sloterdijk (2013), a pesar de pensar el ser humano como un “acelerador natural”, no deja de considerar las “preocupaciones” y las “ansiedades” (desafiadas por la economía política de la comunicación emergencial) los nuevos pilares de la nueva solidaridad social. En este sentido, recientemente, un teórico de los medio digitales y de la híper-cultura como Byung-Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio (2012) caracterizó las enfermedades típicas de nuestra época en una perspectiva “neuronal”: depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el síndrome de personalidad borderline (TLP) o de burnout (BD) son algunas de las patologías indicadas como emblemáticas de nuestra aspiración al “poder hacer” (Können) rápida e ilimitadamente.

Una “sociedad de la prestación” (Leistungsgesellschaft) que llevaría a un conjunto de “infartos psíquicos”, a una frustración permanente cuyas víctimas y perseguidores, prisioneros y guardianes coinciden. En este sentido, en el bio-capitalismo contemporáneo, la autoexplotación es la forma persistente a través de la cual se manifiesta la subjetividad híper-neurótica (y sin embargo extenuada), detectable mediante una híper-atención transfigurada en desgaste ocupacional (SDO).

Subjetividad, afirma Byung-Chul Han, que resultaría de un “exceso de positividad” sistémico y no, como en la era inmunológica del siglo XX, de la reacción defensiva a una negatividad exterior. Es algo paradójicamente autoimpuesto, ligado al sentido de fugacidad traído (también) por la necesidad de mantenerse al tanto con los múltiples movimientos de las expectativas sociales. Una condición psíquica y cultural confirmada también en otros contextos de la sociedad actual, y que de cierta manera realiza un corto circuito entre los desafíos planteados por el mercado del trabajo y las prótesis antropológicas facultadas por las innovaciones tecnológicas: por lo cual se nos pide actuar, dentro de una lógica operacional enfocada en la flexibilidad y en el problem solving, como meras unidades de procesamiento de señales, transfiriendo rápidamente pedazos inconexos de información hacia adentro y afuera de nuestra memoria.

Como afirma el filósofo italiano Maurizio Ferraris (2011), terminamos de vivir en la sociedad de la comunicación y entramos en la del registro. Las inscripciones se multiplicaron y se esparcieron en los usos cotidianos de las nuevas tecnologías. Cada vez más registramos, producimos datos, dejamos rastros e inscripciones a través de nuestros hábitos ordinarios de prosumers: conforme consumimos, buscamos y comunicamos con nuestros contactos, enriqueciendo el historial (guardado y vigilado) de los sitios visitados.     

Si antiguamente construir y transmitir la memoria representaba la apuesta principal de los grupos culturales, hoy, en la era de las sociedades del registro (digital), esta difícil tarea se desplaza en la búsqueda y en la producción contraria del olvido (digital). Apagar la memoria no sería simplemente una nueva forma de favorecer la metamorfosis cultural, sino una manera de no quedar sujetados a los controles integrados y rehenes de las bases de datos de las intenciones anteriores. El olvido digital podría representar una potencialidad de emancipación en el sentido de querer gestionar individualmente la biografía (pública) propia de cada uno de acuerdo con las transformaciones personales de la identidad.

La que fue durante milenios una distintiva repartición civilizatoria entre sistemas alternativos de codificación y descodificación cultural, basados en las categorías del verba volant y del scripta manent, fue sustituida ahora por la experiencia cultural del verba manent: cualquier producción de contenidos está siempre potencialmente en streaming. Una transformación funcional a la producción e análisis permanente de “metadatos”: los metadatos, en efecto, se utilizan para medir la acumulación y el valor de las relaciones sociales, para mejorar el design del conocimiento automatizado, para vigilar y prevenir los comportamientos de masas (dataveillance), y para organizar los valores económicos e culturales a través de las jerarquías del ranking e del rating (Domingues, 2014).

 

Conclusiones

Las grandes empresas del sector tecnológico afirman que actualmente tenemos más que 100 mil millones de objetos y dispositivos conectados a la red: se trata de un escenario desafiante y, sin embargo, abierto y con muchas incertidumbres. La “Internet de las cosas”, con sus nuevos sensores “inteligentes” que multiplicarán los automatismos de las prácticas cuotidianas, tendrá un impacto de amplio espectro, cuyas potencialidades y ambivalencias se pueden encuadrar y descifrar si tendremos en cuenta el legado que trae de la sociedad digital hasta ahora analizada.

En este sentido, será científica, política y artísticamente crucial fomentar una cultura digital que haga como su manifiesto el principio ético y creativo de La Convivencialidad enunciado en los setenta por Ivan Illich: "invertir la estructura profunda de las herramientas que usamos" (2011, p. 73). Impulsar una convergencia entre aspiraciones sociales que apuntan para procesos sociotécnicos de afirmación e innovación de valores que no sean proporcionados por oscuros automatismos informáticos asentados en la base de datos de nuestras intenciones, sino producidos a través de una reapropiación crítica e autónoma de las herramientas digitales.

Esta cultura ("invertir la estructura profunda de las herramientas que usamos"), ya existente pero dispersa y fragmentada, aspira a una valorización de proyectos socioculturales basados en una articulación “onlife” (Floridi, 2015): entre prácticas cuotidianas particulares y actividades colaborativas emergentes on y off-line. Una articulación estratégica de reapropiación del espíritu originario de las tecnologías digitales, con el fin de mejorar los diferentes contextos de la acción cotidiana, de desafiar solidaridades peer-to-peer, de  socializar en más niveles las dificultades y las aspiraciones presentes en determinados territorios, co-creando plataformas digitalmente organizadas para desafiar este conjunto de prácticas lo más conscientes y autónomas posible, así como creativamente resistentes al control de las grandes empresas de “metadatos” (Lovink, 2016; Lapa-Cardoso, 2016; Oliveira-Baldi, 2015).

Hay asociaciones que unen su proyecto político y cultural con el de la organización sociotécnica de su propia estructura y su conexión con las otras comunidades. Hay grupos que trabajan en la creación de nuevas plataformas cooperativas para renovar la participación política y aumentar la visibilidad de los saberes y los propósitos alternativos a los estandarizados. Hay educadores y organizadores culturales incansables cómo la estudiosa de videoarte Laura Rosseti Ricapito (2013), que desde la primera hora del surgimiento de los celulares los usó cómo “escáner cultural”, organizando eventos artísticos en contextos académicos (y viceversa) para fomentar la alfabetización digital y audiovisual cruzándolas con la participación en la sociedad.

Por lo tanto, podemos pensar en la promoción en red de una nueva economía política 2.0 cómo hace el grupo de shareable.net, o en el fomento de sistemas colaborativos de producción eco-sostenibles cómo el World Wide Opportunities on Organic Farms (WWOOFF), que se articula globalmente a través de plataformas nacionales de intercambio. Así como podemos considerar las plataformas digitales que tienen el propósito de reforzar la participación política y los intereses cívicos: DemocracyOs, Siga Lei, Parlement&Citoyenes, entre otras. Estas representan algunos ejemplos de plataformas autogestionadas que quieren estimular el desarrollo democrático, en el método organizacional y en la operacionalización de su impacto social. 8

La crítica cultural, por lo tanto, debe combinarse también con una competencia tecnológica y con la cultura del software, en el sentido de que las competencias requeridas deben ser múltiples y actualizadas, colaborativas dirigidas a un uso alternativo, interesadas en la difusión y negociación de sus conocimientos y prácticas cuotidianas para proporcionar actividades de integración entre proyectos que no son rehenes de las modas, recuperando y rescatando el sentido de aquella docta ignorancia impartida por Nicolás de Cusa (Santos, 2008). Dejar indicios y huellas voluntarias de estas renovadas actividades se volvería, en esta otra perspectiva, el resultado de una elección consciente, organizada y constantemente abierta a la conexión proactiva

 

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NOTAS

1 En este sentido, siempre es actual la distinción de Ferdinand de Saussure entre lo que es un lenguaje, como recurso antropológico natural y común a todos los seres humanos, y lo que son las lenguas, entendidas como sus específicas aplicaciones históricas.

2 Así el filósofo italiano Giacomo Marramao retraduce el inicio de la Minima moralia adorneana.

3 Una referencia fundamental en este trabajo de descodificación de los sentidos comunes o de las “regularidades” lingüísticas, antropológicas y culturales es también la obra filosófica de L. Wittgenstein (1999).

4 En este sentido, es también importante uno de los últimos libros de Jacques Deridda, Force de loi. Le fondement mystique de l’autorité (2004), en donde retoma el ensayo de Walter Benjamin sobre la crítica de la violencia.

5 Diferentes investigaciones confirmaran cómo la mayoría de los usuarios de Internet buscan informaciones através de pocas y escasas palabras, poco tiempo empleado (un promedio de 5 minutos) para cada sesión de búsqueda, y con la tendencia a considerar sólo los primeros resultados. Jansen, B.J. Spink, A. How Are We Searching the World Wide Web? A Comparison of Nine Search EngineTransaction Logs, 2006, pp. 248-263.

6 Una investigación importante que ayda comprender un tipo de práctica digital (relacionado con el tema de le “burbuja de filtros” en la red analizada por Eli Pariser) es aquila de la estudiosa Jodi Dean. En su libro Blog Theory: Feedback and Capture in the Circuits of Drive (2010), declara que los medios sociales tienen los usuarios en grupos cerrados en sus propios circuitos de comunicación, dónde las informaciones producidas (news personalizadas, actualizaciones de perfiles, self branding, mensajes promocionales, etc.) se convierten en fines en sí mismos, lo que dificulta la construcción de proyectos y objetivos sociales, y por lo tanto cualquier tipo de intervención en la realidad. A lo mismo tiempo es importante considerar el trabajo de investigación de danah boyd, It's Complicated: The Social Lives of Networked Teens (2014), donde se complementa esta perspectiva analítica destacando una espontánea y progresiva “conciencia práctica y reflexiva” de los adolescentes en el uso de las redes sociales.

7 En una investigación realizada por Yahoo y la OMD acerca de las prácticas mediales de los estadounidenses se concluye que los usuarios viven jornadas equivalentes a 43 horas, 16 de estas se dedican a la interacción con diferentes medios de comunicación y tecnologías. Véase Yahoo and OMD, The Media Evolution of the Global Family in a Digital Age, Advertising Week, 2006.

8 Diferentes proyectos constantemente emergen, sea en el Sur que en el Norte del Mundo, con la intención de combinar las políticas culturales alternativas a la producción de tecnologías libres por los códigos monopolizados por las Web Companies: proyectos, una vez más, también basados en la creación de moneda virtual (bitcoin); plataformas open source para crear networks entre microempresas e ciudadanos (http://www.i-network.or.ug/); softwares para dibujar mapas colaborativas entre residentes de los mismos territorios (crowdmap, https://www.ushahidi.com/);  plataformas autogestionadas que agregan informaciones sobre proyectos de consumo colaborativo e georreferenciado (http://www.redeconvergir.net/ - http://www.thepeoplewhoshare.com/); otros movimientos y entidades sociales que quieren proporcionar una interconexión entre sistemas de financiación y la búsqueda de info-diversidad, así como interfaces cívicos entre atores sociales e instituciones representativas, al nivel local como global, digital cómo físico (http://civictechfest.org/) etc…Pero, lo que todavía necesita desarrollarse es la agregación, la convergencia y la articulación entre todos estos proyectos.

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